Parque de atracciones Planas-Park


Con el boom que se produjo en 1916 al llegar la línea de los Ferrocarriles de Cataluña hasta Las Planas de Vallvidrera y el consecuente trasiego de viajeros procedentes de la capital en su afán por dejar atrás, por un día, el estrés de la ciudad y rodearse de naturaleza para poder respirar aire puro, surgieron por doquier bares, merenderos, restaurantes y todo tipo de establecimientos para satisfacer las necesidad de la multitud de visitantes que acudían cada fin de semana. Y fue en el marco de esa expansión del entretenimiento, cuando se creó el parque de atracciones “Planas Park”. De efímera vida, ya que no duro más allá de los años 30. Se emplazó en un lugar estratégico, al otro lado del puente que permitía atravesar la riera en la salida de la estación, por lo que todo aquel que viniera en tren, tenia forzosamente que pasar por delante de la puerta de entrada. Puerta construida en madera, con valla cerrada, columnas y frontispicio con rótulo pintado, que daba acceso a un recinto vallado, donde lo más destacable era un tiovivo al estilo de los viejos tiovivos europeos, una caseta de tiro al blanco y alguna atracción menor. Nada que ver con los otros parques que existían en la ciudad o sus alrededores, tales como el Saturno Park de la Ciudadela, el del Casino de la Rabassada, o el del Tibidabo. No obstante, a pesar de su poca magnitud, hubo quien puso el grito en el cielo, y escribió un artículo extenso criticándolo y pidiendo su erradicación. Así se expresaba Gaziel (seudónimo de Agustí Calvet i Pascual, escritor y periodista catalán) en su artículo titulado “Un voto por la barbarie” en La Vanguardia del día 8 de junio de 1921:
“Después de largos siglos de dichoso abandono, Las Planas, -ese valle tranquilo y umbroso, que hasta hace poco daba la sedante impresión de un rinconcito serrano a veinte minutos de la Plaza de Cataluña-, se está, por fin, civilizando. Si se le hubiese ocurrido civilizarse hace dos mil quinientos años y a imitación de Grecia, en el lugar que hoy ocupa un restorán eléctrico habrían ido surgiendo muy despacio, entre las verdes y eternas frondas de los pinos, las claras columnas de un templo de mármol, dedicado al dios Pan. Y en la silvestre quietud habrían resonado ligeras risas de ninfas y melodiosas modulaciones de siringas agrestes. Si el antojo civilizador hubiese acometido a Las Planas en la Edad Media, en vez del templo clásico tendría una tosca ermita dedicada a la Virgen. Y en las alegres tardes de las romerías, entre el olor de la retama y los espirales del incienso, hubiesen subido al claro cielo los bucólicos sones de tamboriles y flautas. Pero como a Las Planas no se les ha ocurrido, desgraciadamente, civilizarse antes, al hacerlo ahora, en nuestra edad modernísima, lo que va apareciendo en medio de aquellas hondas y gratas soledades es una monstruosidad mecánica, un engendro al estilo norteamericano, un hijo del tiempo: un Planas-Park. Y pronto, muy pronto, todo el valle, desde las faldas salpicadas de merenderos, hasta las suaves cumbres coronadas de pinos, resonará dia y noche, incesantemente, con el ensordecedor estruendo de “montañas rusas”, tíos vivos, “watching-wawes”, tiros al blanco, “zazmarracatruquis”, “¡pim-pam-pum!”, pianolas eléctricas y “tracas monumentales”.
¡Malditos sean -y que Dios me perdone- los vientos que nos llegan de los Estados Unidos de América! Yo no siento la menor antipatía contra los norteamericanos; yo les admiro, les respeto y les deseo toda suerte de prosperidades. Pero ese espíritu de democracia mercantilista que están inculcando a todo el mundo; ese gusto suyo, bárbaro e infantil, por todo lo que mete ruido y se menea desenfrenadamente; ese culto a la cantidad, a la velocidad y a la trepidación delirantes; esa ciega creencia que ellos tienen en la salvación de la humanidad mediante el vértigo mecánico, están infestando a Europa y acabarán por embrutecernos a todos. Gracias a Norteamérica, hablamos por medio de máquinas, escribimos con máquinas, nos afeitamos a máquina, oímos música mecánica y nos divertimos mecánicamente. Hasta la espiritualidad es un producto mecánico en Norteamérica. Ha bastado un viaje y un éxito, para que Blasco Ibáñez, novelista notable, pero escritor secundario, nos volviese de allí transformado en un portento universal. Todos hemos leído las obras del ilustre valenciano: todos estamos de acuerdo en que sus cuadros regionales son deliciosos; sus primeras grandes novelas, bastante vulgares y nada limpias de influencias y prejuicios extraartísticos; y sus obras más recientes, francamente detestables y escritas para “la galería internacional” y la exportación. Sin embargo, en Norteamérica se venden a centenares de millares; el autor ha ganado un fortunón, viaja en automóvil y entre los yankis pasa por una lumbrera. Esto basta: Blasco Ibáñez se convierte en el primer escritor español, y todo el mundo lee sus obras compuestas, vendidas y propagadas mecánicamente. Norteamérica, que antes sólo lograba imponernos sus embutidos y máquinas de coser, ahora incluso nos impone nuestros propios genios. Es inútil reaccionar; la masa sigue la corriente que la arrastra.
Democracia, avidez mercantilista, mecanismo. Hay una estrecha e indestructible trabazón entre esas tres expresiones de la actual fisonomía del mundo, correspondientes a sus tres grandes normas: la política, la utilitaria y la del progreso material. La dictadura de las muchedumbres favorece la especulación en gran escala, la charlatanería de todos los pescadores en río revuelto, la explotación de la ignorancia y los instintos groseros de la inmensa mayoría. Cada hombre es un voto y muchos votos son triunfos, cuando no pesetas. Lo único importante es lograr remover grandes masas, grandes cantidades de hombres, y contentarlas entonteciéndolas, para que suelten sus votos o sus perras gordas. Y nada hay que mueva las masas -inertes o humanas- como los mecanismos, sean grúas o “plataformas de la risa”.
La máquina es y será eternamente el ideal de la vulgaridad. Yo creo que hubiese sido difícil (a pesar de la admiración que le habría causado como simple curiosidad de inventiva) convencer a Mme. De Sévigné, por ejemplo, de que debía adquirir un fonógrafo. Pero sería más difícil todavía convencer a una de nuestras nouveaux riches, de que es mejor no comprarlo. El amontonamiento, la baratura y la rapidez, son instintos fundamentales de la democracia moderna, que han venido a sustituir las ansias de personalidad, de perfección y de ponderado equilibrio, alentadoras de las sociedades que antiguamente se regían por la calidad de las cosas, y no por su extravagancia y su número. Norteamérica constituye el más vasto y descomunal ejemplo de lo que es el progreso democrático, mercantil y mecánico. Y todo el mundo parece, por desgracia, destinado fatalmente a norteamericanizarse.
Barcelona, la ciudad más democrática y modernista de España, siente como otra ninguna las repercusiones de todos los excesos exóticos. En vano algunos espíritus se esfuerzan por encauzar las influencias externas y fundirlas en la tradición local. Barcelona sigue siendo un campo abierto a los parásitos. Cuando a los extranjeros se les ocurrió hablar de higiene y ventilación urbanas, aquí lo pagamos con la horrenda cuadrícula de nuestro Ensanche. Cuando se puso de moda la atracción de forasteros, la cumbre del Tibidabo, una de la mayores bellezas naturales del mundo, quedó inmediatamente convertida en una de sus más feas y áridas vulgaridades.
Ahora, nos hallamos en plena invasión del norteamericanismo, Pero ¿qué culpa tienen, Señor, esos pinares de Las Planas y sus benditas y patriarcales sombras, de que en Chicago las gentes se diviertan mecánicamente, de que les gusten ciertas majaderías atropelladas y broncas, como por ejemplo, la sensación de derrumbarse desde el quinto cielo o la de oír un desconcierto de cacharros rotos? Y sobre todo, ¿qué culpa tenemos nosotros, los sosegados, los pacíficos, los mansos de corazón, que de cuando en cuando íbamos a Las Planas, a comer entre amigos, en santa paz y sin ofensa de nadie, un arroz a la valenciana como jamás sabrán hacerlo ni apreciarlo en Chicago?
Pase que en Las Planas no haya el templo griego, todo de mármol blanco y rodeado de laureles y mirtos, que hubiera tenido, seguramente, de haberse civilizado hace dos mil quinientos años. Pase también que ni siquiera tenga el valle una rústica ermita dedicada a la Virgen, como un panal silvestre lleno de aromas de resina y de retama en flor. Pero, a falta de eso, que a los pobres barceloneses nos dejen por lo menos la paz y las sombras. Si estas son la barbarie y el Planas-Park ha de representar, en cambio, la civilización, aunque estoy seguro de perder el plebiscito yo voto solemnemente por la barbarie.”

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